Por L. Ronald Hubbard por L. Ronald Hubbard

  C
reo que debo haber escrito la línea “Por L. Ronald Hubbard” muchos miles de veces entre 1930 y 1950.

     Y cada vez que la escribí, tuve la sensación de emprender algo agradable, algo emocionante y, que resultó, algo que se vendería. El 93,5% de todo lo que escribí se aceptó con el primer borrador, la primera vez que se presentó.

     Escribí aventuras, historias de detectives, historias de aviación, ciencia-ficción, fantasía, artículos técnicos: de todo.

     Mi producción era de unas cien mil palabras al mes la mayoría de los meses, hecha en una máquina de escribir eléctrica, trabajando un promedio de tres horas diarias, tres días a la semana.

     Arthur J. Burks, Ed Bodin, Bob Heinlein, John Campbell, Willy Ley, Isaac Asimov... estos y el resto de los grandes eran mis amigos.

[imagen]      Viajé mucho de Nueva York a Hollywood y viceversa, con escalas en un rancho parvo y lluvioso en Puget Sound.

     Cuando me tomaba algún descanso, me iba de expedición con el propósito de refrescar mi antiguo punto de vista.

     Mi problema principal era quedarme sin revistas para las cuales escribir.

     Así que añadí cinco pseudónimos que colocar tras el “por” de las historias.

     En una ocasión, una edición de una revista se llenó por completo con mis historias. Todas ‘escritas por’ nombres diferentes.

     Sucedió de esta forma. Los veteranos tenían problemas de editor. Los editores eran también lectores. Se cansaban de las historias de uno, pero más que nada, se cansaban de los elevados costos que tenían que pagar por palabra a un verdadero profesional.

     Así que de vez en cuando, un editor te borraba de su lista por un tiempo.

     Una vez que sucedió esto, me desquité. Volví a casa y escribí una historia, “El pelotón que nunca volvió”, y la firmé como “Kurt von Rachen”. Después hice que mi agente, Ed Bodin, se la llevara al querido y viejo amigo Leo Margulies (que Dios lo bendiga) como algo escrito por un “nuevo” escritor.

     Ed se moría de miedo: “Pero si se entera...”

     Yo le presioné para que lo hiciera, se trataba de gastarle una broma a Leo. Así que Ed lo hizo.

     Uno o dos días después, Ed me llamó, frenético: “Les encanta; pero quieren saber como es este tipo”.

     Así que yo dije: “Se trata de una bestia de hombre, enorme. Duro. De cabello negro, con barba. Su idea de una fiesta es alquilar todo el piso de un hotel, hacer que todo el mundo se emborrache y destrozar el lugar. Un personaje duro”.

     Así que Ed colgó y todo parecía estar bien.

     Al día siguiente, volvió a llamarme aún más frenético: “¡Quieren saber dónde está! ¡Quieren verlo! ¡Y firmar un contrato!”

     Entonces dije: “Está en la Argentina. ¡Se le busca por asesinato en Georgia!”.

Por L. Ronald Hubbard continúa...

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