A pesar de todo lo que las pulps ofrecían como pasaporte hacia remotas aventuras, quedaba un persistente eslabón con la vida común y corriente: la columna individual de anuncios en las páginas de la portada y la contraportada. Por qué estos anuncios tendían tan a menudo hacia lo estrafalario, o hacia lo salaz, es una pregunta difícil, pero iba seguida aparentemente por, todavía, otro de los mitos del papel pulp: ese típico lector que era tanto de la clase baja, como simplón. De hecho, las pulps impregnaron toda la sociedad americana. A saber: mientras el futuro laureado con el Nobel, Sinclair Lewis, proporcionaba asistencia editorial a Adventure, los lectores incluían nada menos que al presidente Franklin Roosevelt. Pero en cualquier caso, las primeras páginas y las finales quedaban rellenas de anuncios para la venta de dentaduras postizas, ungüentos para los eczemas y todo lo demás de lo que Ronald describe en su desdeñosamente irónico comentario sobre “Perplejo por el Papel Pulp”.


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Perplejo por el Papel Pulp


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