La Búsqueda por la Investigación por L. Ronald Hubbard

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odos queremos vender más y escribir mejores relatos. Es difícil creer que exista un escritor con un espíritu tan poco sensible que no quiera; pero a partir de una observación cuidadosa, he llegado a la descorazonadora conclusión de que aun cuando los escritores usualmente quieren hacerlo, por lo general, no lo intentan.

     Los escritores son las personas más perezosas de la Tierra. Y yo sé que soy el escritor más perezoso. Al igual que el resto de los de la profesión, siempre estoy buscando con ahínco la lámpara mágica que proyectará mis relatos, como inspirados por un genio, hacia un florecimiento pleno, sin el menor esfuerzo de mi parte.

     Esto es pura idiotez de mi parte, puesto que hace mucho tiempo encontré esta lámpara mágica, pero no fue hasta hace un par de años que la saqué y empleé el bruñidor de latón hasta descubrir que era de oro macizo.

     Dicha lámpara estaba tan llena de telarañas y tan deslucida que estoy seguro de que la mayoría de nosotros no la hemos mirado durante mucho tiempo a pesar de su extrema antigüedad y a pesar del hecho de que eternamente se está llamando nuestra atención hacia ella.

     El nombre de esta lámpara mágica es INVESTIGACIÓN.

     Ah, ¿oigo un coro de suspiros? Escucho acaso: “Hubbard va a salir con esa vieja broma otra vez”. “¿Qué, otro artículo sobre investigación? Creí que LRH sabía mejor lo que se hacía”.

     En defensa, protesto al instante que no soy ni el descubridor ni el único que explota la investigación; pero sí creo que he encontrado un punto de vista totalmente nuevo acerca de un objeto antiguo.

     Hace unos meses, en Tacoma, escuché a un escritor decir suspirando que las estaba pasando moradas para conseguir tramas. Esta enfermedad aguda de escribir había hecho profundos estragos en su sueño y en su cuenta bancaria. Lo había dejado tan alerta que estaba arruinado como conversador, actuando, como lo hacía, como una esponja de ideas. Perseverando y esperanzado, pero sabiendo que no era posible que le llegara idea alguna.

     Como de costumbre, introduje mis ideas en su infortunio: un hábito que es malo y que no se agradece.

     Le dije: “Tengo una idea. ¿Por qué no sales y escarbas en los viejos archivos de la biblioteca y del capitolio de Olympia y descubres todo lo que puedas sobre el tema de marcar ganado. Ahí debe haber muchas historias”.

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