el yantar el yantar por L. Ronald Hubbard

  E
ra medianoche en Greenwich Village: o tal vez las tres o las cuatro. El melenudo exponente de lo moderno ensartó una tajada de jamón, y de alguna manera navegó por la tortuosa ruta a través de los despeinados bajíos hasta su boca. Apuntó con su tenedor hacia mí.

     “¡Pero son zarandajas! Tú sabes que son zarandajas. No estás creando nada. Estás tomando una trama predeterminada y decorándola para satisfacer el gusto pueril de los editores fatuos. Estás esparciendo palabras a carretadas, como si de la misma cantidad de habichuelas se tratara. ¡Agh!”. Y arponeó unos huevos revueltos.

     “De cualquier forma, mis mercancías se leen”, dije yo con traviesa malicia.

     “¡Se leen! ¿Y quién las lee? ¡Taxistas y white wings y estenógrafas insulsas! Recolectores de basura y sirvientas...”.

     “Y doctores, y abogados, y comerciantes, y ladrones”, espeté yo.

     “¡Claro! ¿Y eso qué!”. Vació su tenedor en su caverna sin fondo y lo blandió de nuevo frente a mi nariz. “¿Y eso qué?, repito. Terminarás tus días sin escribir jamás algo verdaderamente trascendental. Todo lo que tendrás para mostrar será una pila de revistas manoseadas, cada una de ellas olvidada en el instante en que es reemplazada en los kioscos por el siguiente número”.

El arte o el yantar continúa...



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