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Con un respeto más bien reverencial por la obra de 430.000 palabras, Campo de Batalla: La Tierra, más de un crítico comentaría sobre el uso de Ronald de lo que entonces era un procesador de textos bastante raro. De hecho, sin embargo, empleó estas dos máquinas de escribir manuales Underwood cómodamente portátiles: una para producir sus varios miles de palabras por día, mientras la otra recibía reparación. Aunque estas Underwood se encuentran entre las de nivel más bajo de esa línea de máquinas, estas máquinas manuales con funda de plástico demostraron ser la única máquina capaz de ajustarse a la legendaria velocidad de mecanografiado de Ronald al escribir tanto Misión: La Tierra como Campo de Batalla: La Tierra.

     Lo esencial –como lo expresa una secretaria/asistente de investigación, encargada de recopilar la pequeña montaña de impresos de documentación – es que Misión: La Tierra es una obra de sátira definitiva y está destinada ex profeso “a elevar la consciencia social”. Si el mundo que se describe es el colmo de la hipocresía –donde los más santos son, de hecho, los criminales más insólitos, donde la corrupción política y empresarial están a la orden del día y se considera a las poblaciones como corderos para el matadero– nada es accidental, nada es simplemente un derivado de la genética humana como la psiquiatría nos haría creer. Más bien hay razones explícitas para todas las plagas de este planeta, y esas razones son tanto identificables como susceptibles de resolución. Es simplemente una cuestión de abrirse camino a través del lenguaje ambiguo de J. Walter Madison y la psico-palabrería de una asociación mundial de “Fraudosalud Mental”, y llegar a la fuente del problema. Aunque como Jettero Heller descubre de manera tan dolorosa: “La forma en que este planeta está organizado, aparentemente, es que si intentas hacer algo para ayudarlo, algún grupo con intereses especiales te salta encima”. Se podría mencionar aquí además, como una especie de nota a pie de página, que gran parte de lo que esta serie aborda de manera satírica, fue lo que el propio L. Ronald Hubbard abordó muy seriamente tanto como fundador de Cienciología como fundador de los programas de rehabilitación de toxicómanos, reforma del criminal y regeneración moral más singularmente efectivos del mundo. En otras palabras, como oponente genuino a esas fuerzas que subyacen a la criminalidad, el abuso de las drogas y la inmoralidad, aquí hay un escritor que sabe de lo que escribe.

     Lo que esa penetrante visión hizo finalmente fue una obra de popularidad en verdad fenomenal y perdurable. Como se ha observado, cada tomo consecutivo de la decalogía de Misión: La Tierra fue subiendo sucesivamente por las listas de best-sellers internacionales hasta que esas listas casi no tenían otros títulos que los de Misión: La Tierra. En un momento dado, los lectores encontraban nada menos que siete tomos de Misión: La Tierra entre los diez libros en cartoné más vendidos, lo que hizo que el escritor y profesor de periodismo James Gunn declarara: “No conozco nada comparable a esto en la historia editorial”. Como se observa además, la serie se describe ahora de manera habitual como un auténtico clásico, motivando repetidamente comparaciones con las obras de Jonathan Swift, llevando así al escritor y editor de la Edad de Oro Damon Knight a resumir el impacto de L. Ronald Hubbard como algo absolutamente inequívoco: “Ha causado un impacto tan impresionante en el mundo de la fantasía y la ciencia-ficción como no se ha visto nunca en la historia”. Ahí está, finalmente, todo lo que Misión: La Tierra ha llegado a representar “como una obra que supone un hito en la corriente principal de la ficción”, por citar aún a otro crítico, y el resto de lo que esta serie representa en términos de lo que su autor describió como “una petición de que alguien trabaje en ello en el futuro”.

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La obra maestra: Misión La Tierra continúa...

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