Sobre la Fábrica de Manuscritos

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OMENCÉ ESCRIBIENDO PARA LAS REVISTAS PULP, ESCRIBIENDO LO MEJOR QUE SABÍA, ESCRIBIENDO PARA CADA REVISTA EN LOS KIOSCOS, DÁNDOLES EL SESGO APROPIADO LO MEJOR QUE PODÍA”.

     A lo que podríamos añadir: la más antigua de sus historias data del verano de 1934, y una residencia de paso en la costa de California, justo al norte de San Diego. Aún sufría escalofríos periódicamente debido a una leve afección de malaria que contrajo durante el curso de su Expedición Mineralógica de Puerto Rico, y más tarde describiría su difícil situación financiera como clásicamente fatal; literalmente había llegado hasta la última hogaza de pan. Además, entre las primeras propuestas, hubo también varias sagas del Oeste, rechazadas contundentemente por carecer de autenticidad; un comentario particularmente frustrante, dado que aquellas historias venían directo del corazón, de su casa de Helena, en Montana. (Mientras Max Brand, el entonces rey incontestable de la aventura del indómito Oeste era realmente un poeta fracasado de Nueva York que respondía al nombre de Frederick Schiller Faust y producía como churros sus inverosímiles cuentos de pistolas de seis tiros desde la terraza de una villa italiana.)

     Como Ronald explica además, sin embargo, con medio millón de palabras disparadas a una docena de mercados, realmente vio que las ventas se producían desde el principio. Lo primero que se imprimió fue una historia de intriga asiática, titulada El dios verde, de las que te hielan la sangre en las venas. Si el trabajo no es especialmente memorable (un relato hasta cierto punto de rutina sobre un oficial de inteligencia occidental en búsqueda de un ídolo robado), es no obstante notable, al menos en lo tocante a un aspecto excepcional: el joven L. Ronald Hubbard había recorrido realmente las lóbregas calles de Tientsin, y en compañía de un oficial de inteligencia occidental: específicamente, el mayor Ian MacBean, del Servicio Secreto Británico. Similarmente, el joven Ronald había servido, de hecho, a bordo de una goleta mercante no disimilar a aquellas descritas en El pirata de las perlas, y había ayudado realmente a construir como ingeniero un camino a través de las junglas subtropicales, como se describe en su Sleepy McGee, de excelente ambientación; mientras la descripción escalofriante de los ritos del vudú en Los hombres muertos matan se había extraído de aventuras genuinas en Haití.

Máquinas de escribir usadas por L. Ronald Hubbard

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