Una presentación de L. Ronald Hubbard

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PESAR DE LO QUE EL NOMBRE DE L. RONALD HUBBARD REPRESENTA COMO Fundador de Dianética y Cienciología, nunca perdamos de vista al hombre como autor, específicamente entre los autores de ficción popular más perdurables y extensamente leídos en el mundo, con ventas internacionales que se acercan a los cuarenta millones de ejemplares y un conjunto de obras que abarcan cincuenta años. Tampoco perdamos de vista el efecto más importante que causó: se le acredita legítimamente el haber ayudado a reconfigurar géneros enteros durante los 30 y los 40; mientras que sus once best-sellers consecutivos en el New York Times desde la década de 1980 aún señalan un acontecimiento sin igual en la historia editorial. Además, tampoco perdamos jamás de vista todo lo que él representó para el bien de la profesión de escritor; es decir, todo lo que se presenta aquí en la forma en que L. Ronald Hubbard aborda el arte de escribir.

     Se incluyen ensayos, artículos y notas de la totalidad de esos cincuenta años como figura prominente de la ficción popular. Que encontremos que L. Ronald Hubbard dedicara tanto a la explicación de la escritura creativa, es propio de un hombre que fue el autor de la singular declaración filosófica de mayor influencia sobre la creatividad artística: Arte. De la misma manera, es característico de un hombre que fundó el singular programa de más notable prestigio para el descubrimiento de talentos noveles en la ficción especulativa: el Concurso de Escritores del Futuro, aclamado internacionalmente. Además, también es propio de un presidente del Gremio Americano de Ficción, que trabajó con tal tenacidad en favor del talento que estaba surgiendo durante la Gran Depresión: la voz de los nuevos autores de la región del Pacífico del Noroeste de Estados Unidos y una voz habitual de aliento para los colegas que lo necesitaban. Pero totalmente aparte de todos los demás esfuerzos por instruir e inspirar, estamos a punto de descubrir cómo el propio L. Ronald Hubbard abordaba la página en blanco: cómo concebía las ideas, cómo llevaba esas ideas a la práctica y, por otra parte, cómo se dedicaba a lo que describiera ante todo como “este oficio de escribir”.

     Esto demostraría ser una ocupación de por vida. Sus primeras narraciones publicadas datan de 1932, o su segundo año de estudiante en la Universidad George Washington, donde tres de las obras de L. Ronald Hubbard aparecen en las páginas de la publicación trimestral de los estudiantes: dos historias trágicas que sacó de viajes a través de Asia, y el relato existencial de un marinero que ha vislumbrado su propia muerte en un cine de San Diego. Porque, cualquiera que sea su valor, las narraciones son muchísimo mejores que la fruslería sensiblera de sus compañeros universitarios, y son, casi con seguridad, las mejores obras que han salido del departamento de literatura de la Universidad George Washington. Después de la universidad y tras una gran cantidad de crudas aventuras durante el transcurso de dos expediciones al Caribe, emprendió una práctica literaria totalmente profesional: en particular, suministrando relatos breves a ese legendario vehículo de la ficción popular que eran las publicaciones periódicas en papel basto de pasta de madera (pulpa), por otra parte conocidas en inglés como “pulps”.

     Las pulps: el solo nombre todavía hace evocar imágenes de grandes aventuras en reinos exóticos: Tarzán y Doc Savage acechando asesinos enloquecidos a través de junglas infestadas de bestias; The Shadow y The Phantom acosando criaturas igual de nefarias por el macabro averno de la ciudad. Y aunque los críticos de la época generalmente las descartaban a todas como escapismo poco intelectual, las mejores de estas pulps representaban mucho más. Por ejemplo, con nombres como Dashiell Hammett, Raymond Chandler y Tennessee Williams, todos ellos poniéndose en camino a partir de las páginas de las pulps, estas páginas finalmente dieron tanto a la novela norteamericana moderna como lo hicieran un Hemingway o un Fitzgerald. (Es probable que Chandler lo describiera mejor como la literatura que refleja “una actitud cáustica y agresiva hacia la vida... parca, frugal y lacónicamente desapasionada...”.) Adicionalmente, con toda una cuarta parte de la población norteamericana que regularmente recurría a esas páginas de corte tosco, las pulps hicieron mucho más que un Henry James o un Stephen Crane para empezar a familiarizar a una nación con el puro gozo de la lectura.

     Lo que L. Ronald Hubbard forjó al final en ese gran reino de las pulps fue precisamente así de significativo e igual de trascendental. “Una obra de ciencia-ficción tan perfecta como jamás se haya escrito”, dijo Robert Heinlein del apocalíptico Apagón Final; mientras que en otra parte encontramos que esa historia de L. Ronald Hubbard sobre una guerra sin fin se ha descrito repetidamente como algo que supera toda la ciencia-ficción que se había presentado hasta 1940. Representando en no menor grado el reino de la fantasía moderna, se encuentra el incesantemente popular Miedo, reconocido con amplitud como un pilar de toda la narración moderna de terror y, como proclamó el maestro del género, Stephen King, uno de los pocos libros dentro del género “que realmente merece el empleo del trillado calificativo de ‘clásico’, ya que: ‘Esta es una narración clásica de horripilante amenaza y horror surrealistas’ ”.

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